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La consecución del campeonato del mundo de fútbol por parte de la selección española ha puesto en alerta a ciertos sectores del independentismo vasco: temen que las simpatías por «la Roja» en Euskadi hayan traspasado los límites razonables y que, en ese entusiasmo compartido, se esté diluyendo la identidad nacional vasca.

Es un hecho que el fútbol se vive con pasión en Euskadi. Que el seleccionador español haya sido jugador del Athletic, que hubiera tres futbolistas del club bilbaíno en la convocatoria —uno de ellos ganador del Guante de Oro del Mundial como mejor portero— y que el máximo goleador del torneo militara en la Real Sociedad, ha inclinado a muchos aficionados, incluidos abertzales, a apoyar sin reservas a la selección española. Por las calles de ciudades y pueblos vascos se ha visto, con una naturalidad que a algunos ha sorprendido, la camiseta roja lucida con alegría.

Ese comportamiento ha sido interpretado por algunos sectores como un agravio identitario. Sin embargo, cabe pensar que la mayoría de quienes se han mostrado partidarios de España lo han hecho por simple simpatía hacia jugadores propios —la selección vasca no tiene opción de disputar un Mundial—, y porque España ha jugado mejor que las demás selecciones y ha ganado el título con todas las de la ley, al margen, de cualquier posicionamiento ideológico.

Ese chute de alegría y de identificación con el ganador —hay conciencia de que se ha aportado algo propio, los jugadores de los clubes vascos— es una manifestación importante del poder blando (soft power) español, y la constatación de que el vasco no es un indómito Astérix insensible a los encantos de Roma. Le gusta, de vez en cuando, distraerse de la realidad anodina de la última campaña del Athletic y disfrutar de una victoria que cada cual interpreta a su manera.

Así las cosas, en la mañana del domingo 19 de julio, día de la final, se produjo una concentración en el parque de Doña Casilda, en Bilbao, de aficionados con camisetas verdes de la selección vasca que protestaban e increpaban a quienes vestían la camiseta española, con algunas situaciones desagradables y conatos de violencia que, por fortuna, no fueron a más.

Sectores de la izquierda abertzale han hecho público un manifiesto titulado «Erreakzionatzeak bakarrik ez du balio» («Reaccionar solamente no sirve»), en el que se preguntan cómo se ha llegado a que las camisetas de España se vean por todas partes, incluidas las fiestas de los pueblos. El texto reprocha a la propia izquierda abertzale haber relegado, desde hace quince años, la cuestión nacional vasca en favor de otras luchas —feminismo, antirracismo, derechos de las mujeres— y lamenta que buena parte de la juventud perciba la simbología vasca como «burguesa y atrasada», confiando en que «una bandera roja y el socialismo» bastan para arreglar el mundo sin necesidad de un proyecto de país propio. El manifiesto advierte de que, si se deja de defender «lo nuestro», el vacío lo ocupará el opresor.

Cabría replicar que, para algunos, lo más cómodo para la causa vasca sería vivir instalados permanentemente en la queja frente a un adversario exterior, porque esa tensión mantiene prietas las filas nacionalistas y disponibles para la resistencia. Con la obtención del Mundial, España le ha marcado, en cierto modo, un gol de soft power a un nacionalismo vasco que juega —como el Athletic en la última temporada— falto de ideas y de gol; y lo que no ilusiona, difícilmente genera poder blando propio.

Conviene no olvidar, en cualquier caso, que aunque la mística nacionalista ha presentado tradicionalmente al Athletic, con su particular filosofía de cantera, como un «ejército sin armas» que cosechaba victorias deportivas para la causa vasca, el fútbol es hoy, ante todo, un negocio de dimensiones colosales, en el que los intereses económicos y comerciales pesan cada vez más que los deportivos y emocionales. Poner a los jugadores de los clubes vascos en la tesitura de tener que renunciar a la selección española por fidelidad a sus equipos es, probablemente, lo peor que se puede hacer: se les obliga a elegir, y eso llevará a que la mayoría pase de héroes a «traidores a la causa» a ojos de algunos, sin reparar en que la proyección futbolística y económica de un Mundial de selecciones es inmensa y en que, por puro sentido común, la mayoría optará por la selección española.
 

Lo que dicen los datos: una identidad dual, no una sustitución
 

Más allá de la lectura emocional del Mundial, conviene contrastar la percepción de «pérdida de identidad» con lo que muestran las series de encuestas que llevan décadas midiendo el sentimiento nacional en Euskadi. El Euskobarómetro, que la Universidad del País Vasco realiza desde 1995, viene constatando de forma consistente que la mayoría de la sociedad vasca no vive su identidad de forma excluyente, sino compatible: alrededor de tres de cada cinco vascos declaran sentirse a la vez vascos y españoles, con un peso mayor de la dualidad equilibrada frente al exclusivismo en cualquiera de las dos direcciones.

El Sociómetro Vasco del Gobierno Vasco ofrece una fotografía similar: en 2023, un 41% de la población se declaraba «tanto vasca como española» —siete puntos más que en 1998—, un 25% se sentía «más vasca que española», y solo un 21% se identificaba de forma exclusiva como vasca, diez puntos menos que quince años atrás. En el otro extremo, quienes se sienten «más españoles que vascos» o «únicamente españoles» apenas suman un 8% conjunto, una proporción que se ha mantenido estable en el tiempo.

Este contraste es revelador: mientras el mapa electoral vasco sigue teniendo un sesgo nacionalista claro —las candidaturas nacionalistas sumaron cerca de dos tercios de los votos en las autonómicas de 2024—, el mapa identitario es mucho más mestizo y ha evolucionado hacia una mayor compatibilidad entre ambos sentimientos. Dicho de otro modo: la fotografía de las camisetas rojas en las fiestas de los pueblos no es una anomalía repentina provocada por un Mundial, sino la expresión visible de una dualidad identitaria que los sociólogos llevan tiempo midiendo, y que el fútbol simplemente saca a la calle con más colorido que de costumbre.
 

La pieza que falta: la inmigración latinoamericana
 

A ese fenómeno de dualidad identitaria hay que sumar un factor demográfico que está cambiando el mapa social vasco a un ritmo notable: el crecimiento de la población de origen latinoamericano. Según el Observatorio Vasco de Inmigración (Ikuspegi), la población de origen extranjero en Euskadi ha superado ya las 300.000 personas, un 14,1% del total, y casi tres cuartas partes del crecimiento demográfico reciente proceden de Latinoamérica —con Colombia como principal país de origen—. Las personas de origen latinoamericano constituyen ya más de la mitad del conjunto de la población extranjera residente en la comunidad autónoma.

Es razonable pensar —aunque se trata más de una hipótesis sociológica que de un dato cerrado por una encuesta específica— que este colectivo tiende a identificarse cultural y afectivamente con más facilidad con España que con la cultura vasca en sentido estricto. La lengua compartida, una religión y unas referencias culturales y mediáticas comunes con el resto de España, frente a un euskera que la inmensa mayoría de los recién llegados no habla ni ha tenido ocasión de aprender, hacen que la integración de esta población discurra, de forma natural, por la vía del castellano y de los códigos culturales españoles antes que por los específicamente vascos. Los propios barómetros de Ikuspegi apuntan en una dirección coherente con esta idea: la sociedad vasca percibe a la población latinoamericana como uno de los colectivos mejor integrados, comparativamente más que otros orígenes migratorios, precisamente porque comparte con el entorno receptor idioma y referentes culturales de raíz hispana.

Si esta tendencia se consolida con el tiempo —y todo apunta a que la inmigración latinoamericana seguirá siendo la principal fuente de crecimiento demográfico en Euskadi durante los próximos años—, el nacionalismo vasco se enfrenta a un reto añadido al puramente político: una parte creciente de la nueva población vasca llega ya predispuesta, por lengua y por cultura, a sentirse más cómoda dentro del marco identitario español que dentro del vasco. El soft power de la selección española, en ese sentido, no hace sino amplificar una corriente de fondo que ya venía dibujándose en la composición social del País Vasco.
 

Un nacionalismo vasco líquido
 

Cabría hablar, parafraseando a Zygmunt Bauman, de un nacionalismo vasco líquido, en el que los pilares tradicionales del nacionalismo se disuelven ante la velocidad del cambio social. Los ideales necesitan recompensas de vez en cuando, y cuando todo fluye, los individuos buscan desesperadamente algo sólido a lo que aferrarse; en este caso, muchos lo han encontrado, siquiera transitoriamente, en la selección española.

La causa vasca se encuentra, podría decirse también con Bauman, en tierra de nadie: demasiado moderna para el tribalismo, demasiado particular para la globalización; demasiado pequeña para el mundo de las grandes potencias, demasiado cohesionada para disolverse sin más en estructuras supranacionales. Esta vez, sin embargo, el fútbol la ha llevado a disolverse, al menos durante unas semanas, en buena medida.
 

Una salida pragmática
 

Que el nacionalismo vasco logre convertirse en Estado propio no es tarea fácil: requeriría un reconocimiento internacional que difícilmente se otorgará, para no perjudicar los intereses que otros Estados mantienen con España y para no alentar a otros nacionalismos periféricos en el seno de terceros países. Frente a esa vía, la profundización del autogobierno dentro de marcos federales o confederales —negociada y asimétrica, que permita a las naciones sin Estado gestionar sus asuntos con creciente autonomía sin necesidad de ruptura formal— parece la solución más pragmática. No es el ideal que muchos independentistas proclaman, pero puede ser la forma más eficaz de traducir la energía identitaria en bienestar real para la ciudadanía.

En el terreno futbolístico, esa vía pragmática se traduce en la reivindicación de una selección vasca que pueda disputar partidos internacionales, y en que los futbolistas vascos tengan libertad plena para elegir con qué selección enrolarse. Es una solución que atempera el problema, pero que, al mismo tiempo, lo traslada —y lo amplifica— al terreno individual de cada futbolista, obligado a decidir, en su propia carrera, aquello que la política no ha sabido resolver.

 

Javier Batarrita Gaztelu

Abogado

Fuentes de datos: Euskobarómetro (UPV/EHU); Sociómetro Vasco, Gobierno Vasco; Ikuspegi — Observatorio Vasco de Inmigración; resultados oficiales de las elecciones al Parlamento Vasco de 2024.

 

 

El soft power del fútbol español

Identidad, nacionalismo vasco e inmigración: lo que dicen los datos

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